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Auschwitz, ese cementerio de los límites del hombre.
He estado en Polonia este verano, concretamente en Cracovia, interesante ciudad, con un emplazamiento maldito que me sentía obligado a visitar. Lo hice y, una vez más, sentí vergüenza de ser humano. Palabras que se visitan en el diccionario como: holocausto, genocidio, exterminio, se airean en aquel entorno de realidad e impregnan de óxido su significado
Se me congela la sangre judía Y me siento excremento del sol Se me congela la grandeza egipcia Y me convierto en piedra de pirámide Se me congela la dignidad humana Y me invitan a creer en la injusticia Se me congela la admiración germana Y pierdo la esencia de hombre y pierdo la voz. Porque Auschwitz está hecho de sangre y de miedo De aspiración a pureza de raza y terror. Cuando el ser humano se siente elegido por el delirante dedo de un triunfante sol, la raza humana se arrincona en crueldades: de los resignados y del dominador.
Construido con ladrillos de muerte Auschwitz simboliza la fuerza del odio. El odio al servicio de la obediencia, de la precisión y de la inteligencia. Ser judío, o polaco, o no ario, o no blanco, fueron símbolos de nulidad y de destrucción.
Descarnado escenario de recuerdos, Fuerzas que quisieron abrazar la gloria, Obediencias de lava arrasando inocencias, Un infierno uniformado quemando conciencias, liberando su instinto caníbal de depredador. Rincones marcados por suspiros solitarios, gritos clavados como grapas en paredes, el miedo y la nada siempre acompañando, martirios silenciados por el ácido del sudor, uñas dibujando límites de desesperanza, tempranas vejeces reprochando la vida. La desnudez como único envoltorio. Y siempre, el hombre, justificando conductas, mintiéndole a la historia, tratándola de títere. Esto anuncia el letrero del campo de concentración con irónicas letras borrachas de muerte:
“El trabajo os hará libres”
Auschwitz existe en el extrarradio de nuestras conciencias, como cementerio de los límites del hombre.
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